El hombre sabio tiene pocas verdades, apenas unas cuantas. El imprudente, en cambio, presume de conocer la respuesta de cada pregunta y, mientras el primero las desgrana con humildad y paciencia, éste lo hace a voz en grito para que todos conozcan lo que sabe, consiguiendo solo hacer evidente su propia ignorancia.
En el ejercicio del liderazgo se pretende que quien lo ejerce marque el rumbo y fije la estrategia. Y que procure el bien del grupo. Y para convencernos de que vamos en la buena dirección, a los líderes se les somete a las más diversas cuestiones y ellos contestan con aplomo a todas ellas, sin que se conozca el caso de alguien que haya manifestado desconocimiento sobre un tema específico.
Hoy ser líder no es sinónimo de sabio, ni nadie se puede dar por engañado. Tampoco es sinónimo de justo, que es carga delicada a la que hay que dedicar muchos esfuerzos. Hoy ser líder significa el triunfo a corto, la aparente eficacia, el conseguir el poder en cualquier ámbito. Nuestros líderes lo son de corto recorrido, de vuelo efímero, y muy pocos pasarán a la historia por sus méritos, ni siquiera por sus deméritos, pues ambos son de alcance limitado.
Nadie preguntará por ellos, ni se asombrará de sus gestas, “así que pasen cinco años”, pero, entretanto, nos cansarán con sus consignas, recetas para todo, del mismo valor que aquellas pulseras magnéticas que igual quitaban el reuma de la abuela que incrementaban la evanescente energía vital de la nieta adolescente.

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