domingo 6 de noviembre de 2011

El dinero de la abuela


En el siglo pasado, que aunque suena muy lejano acabó hace doce años, se solía contar que en la crítica de cualquier institución (iglesia, partido político, ejército), siempre había alguien a favor y alguien en contra, excepto cuando la institución era la banca, que recogía unánimes opiniones en contra.

No ha mejorado la situación, antes al contrario, y ahora, además, a la banca se la identifica con “los mercados”, ese monstruo que devora las entrañas de un benéfico estado del bienestar. Y, así, todos se alegran de que la banca, los mercados, tengan que hacer una quita del 50% de la deuda griega: ¡que, por fin, paguen su infinita maldad!

Bien, pues me parece oportuno hacer algunas consideraciones:

- Los “mercados”, no fueron precisamente avariciosos cuando compraron deuda soberana hace años, ya fuese la griega, italiana o española, o de cualquier otro país. La deuda soberana, estaba considerada básicamente una inversión sin riesgo y, por tanto, la rentabilidad de la misma era muy baja.

- Los “mercados” que la compraban, estaban financiando el estado del bienestar que, casi de manera estructural, era incapaz de cubrir con los ingresos que generaba el volumen de sus gastos y, por eso, acudía en demanda de financiación a los “mercados”.

- Esos “mercados” tenían dos opciones: dejar en su balance, y para sí, la deuda por la que percibían una remuneración bien prudente o, distribuirla entre sus clientes más conservadores (aquellos que no querían asumir riesgos), vía fondos de inversión, pensiones, etc. También existían personas (individualización de los “mercados”), que acudían directamente a la subasta de letras del Tesoro y se encontraban tan felices con su segura inversión.

Lo que ocurre ahora es que los estados soberanos tienen dificultades para pagar su deuda (Grecia) o se presume que pueden tenerla (Italia, España), y cuando acuden en busca de más financiación se encuentran con que, al no ser ya una inversión segura, tienen que ofrecer mayor rentabilidad para que algún inversor “pique”. Y ese inversor es demonizado ahora como “mercado”.

Y aún así, hay dificultades para renovar.

Pero ¿quién es el mercado? Pues Vd. y yo, y nuestro vecino de enfrente, y la abuela de cada uno.

Si Vd., como yo, invirtió prudentemente en un fondo de inversión o, previsor, canalizó su ahorro a través de un fondo de pensiones o, simplemente, compró acciones de una entidad financiera, la quita de la deuda griega le va a afectar, y va a disminuir su patrimonio o la renta que percibía a través de dividendos. Y eso no es culpa de Botín, como le gusta decir a los “indignados”, en general.

Botín, es decir, la banca, hizo una inversión, que distribuyó entre sus clientes, porque era segura y, hay que decirlo, se equivocó. Pero, para enterarnos, lo que ha fallado es la solvencia del emisor, del deudor, que se nos presentaba como digno de crédito y no lo era. Y en lo se equivocó el “mercado” fue en no saber evaluar esa solvencia.

Ahora el pueblo clama contra los “mercados” y pide, más o menos, que se les obligue a seguir financiando el estado del bienestar al que estamos acostumbrados. Es más, al que rotundamente se piensa que tenemos un derecho inalienable, aunque no tengamos fondos para sostenerlo, pero el “mercado”, que somos cada uno de nosotros, ya no tiene confianza, ni dinero, para seguir poniéndolo, ni aun a una rentabilidad más alta.

Y lo que sería entendible, y razonable, en una economía familiar (“si no podemos, no podemos, y aquí nadie se va a Marina D’Or de veraneo”) se convierte en un recorte insoportable para la democracia si, por ejemplo, se suprimiesen los viajes del Inserso.

Recuerdo una comedia de Richard Widmark, de los sesenta, en la que decía a su mujer: “No podemos seguir viviendo del dinero de la abuela. No es por orgullo, es que se acaba”.

Pues eso. La abuela ya no presta, porque no tiene, un duro.



0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada