De la entrada que titulé Invisibles, publicada en este blog el día 5 de este mes, se pueden deducir dos conclusiones, que un inteligente seguidor ha relacionado con el hecho histórico del motín de Esquilache, cuando a los españoles se les quería prohibir el embozo que podría encubrir la autoría de determinados actos:- Primera, se pone en duda la bondad humana. Es más, se afirma la maldad de los hombres.
- Segunda, esta maldad solo está contenida por las convenciones sociales, incluyendo entre ellas, de manera preferente, las leyes que coartan los actos delictivos por temor a la pena que, de ser descubiertos, conlleva.
Yo no puedo estar de acuerdo con Critias (el sofista griego autor de esta teoría). Nosotros, que no tenemos una visión tan pesimista de la naturaleza humana, verdaderamente creemos que las personas están dotadas de una inclinación natural hacia la bondad, que nadie es malo por el mero placer de serlo y que, incluso aquellos que lo son, actúan como consecuencia de una confusión de valores.
La primera confusión es que identificamos lo bueno con lo provechoso. La segunda confusión es que identificamos lo provechoso con aquello que nos reporta un beneficio, especialmente económico, de presente o de futuro.
El objetivo último de cada persona es la búsqueda de la felicidad. Y nuestras acciones se encaminan, consciente o inconscientemente, a conseguirla. O deberían de hacerlo.
La realidad, en cambio, es diferente porque nuestras acciones no suelen encaminarse a conseguir la felicidad, sino a aquello que pensamos que es la felicidad, influidos por patrones sociales que no analizamos con profundidad.
Y así, de esta manera, entendemos que la posición económica y la relevancia social nos han de proporcionar esa felicidad y nos dirigimos a conseguirla sin pararnos a pensar que los actos que podemos estar realizando, tal vez nos alejan de ella.
¿Es legítimo aspirar a una mejor posición económica?
Claramente, sí.
¿Es legítimo aspirar a tener la relevancia social que nuestro entorno le concede al líder?
Absolutamente, sí.
Entonces, ¿cuál es el problema?
El problema lo encontramos tanto en la fijación de objetivos, como en el proceso para conseguirlos.
Hemos dicho antes que solemos confundir lo bueno con lo provechoso, y lo provechoso con aquello que nos reporta un beneficio económico o una mejora social.
Esto puede ser así, pero puede no serlo. Para ello, vamos a plantear algunas preguntas tal vez exageradas, pero que clarifican mucho la cuestión:
¿Es bueno robar, porque esto nos aporta un beneficio económico?
La respuesta, sin duda, es que no. Nadie consideraría que está haciendo una acción buena al robar, por mucho provecho que saque de ella. Podemos incluso presumir que los ladrones no reconocen su acción como buena, aunque la justifiquen diciendo que están obligados a ella por su situación personal, de necesidad, etc., lo que nos podría llevar a la siguiente pregunta:
¿Es bueno robar porque, minutos antes, hemos sido robados en el metro, o en el autobús, para así resarcirnos de nuestra injusta pérdida?
La respuesta, vuelve a ser, evidentemente, que no. Porque una injusticia no puede ser contestada con otra injusticia. Porque lo peor que puedo hacer yo es ser injusto, como demuestra que, con toda seguridad, de actuar como en esa segunda pregunta se plantea, me sentiría peor por el hecho de robar que por el de haber sido robado.
Y si me siento peor, no voy a ser feliz. Si me roban, me sentiré mal, disgustado, afectado por la situación de pérdida, pero no me sentiré culpable pues mi integridad se ha mantenido intacta. Si robo, habré compensado mi pérdida económica, pero habré perdido mi integridad y eso me hará sentirme desdichado. No encontraré dentro de mí argumentos que lo justifiquen: habré hecho mal para provecho propio, trasladando mi pérdida a otra persona inocente.
Lo peor que podemos hacer en la vida, es ser injustos. Sócrates decía que peor que sufrir injusticia es cometerla, como acabamos de ver.
Por tanto, lo bueno no es lo provechoso, sino que lo bueno es lo justo.
Nuestro segundo error, hemos dicho que es confundir lo provechoso con el beneficio económico o social.
Si tenemos en cuenta la afirmación anterior de que la búsqueda del hombre es la felicidad, y hemos convenido que ésta y la injusticia son incompatibles, se deduce que solo obtendremos provecho consiguiendo nuestros objetivos (económicos, sociales, personales) mediante actos justos.
Por tanto no es que no podamos identificar provecho con beneficio económico, o con ascender en la escala social, sino que,
Solo obtendremos auténtico provecho si nuestros objetivos, económicos, profesionales o de la naturaleza que sean, los hemos alcanzado justamente.
Llegado a este punto, nos tendríamos que plantear nuevas cuestiones:
- ¿Sé yo, realmente, qué es para mí la felicidad? - ¿Poseo los medios para conseguirla?
Pero estas preguntas, y la relación entre felicidad y liderazgo habrán de quedarse para una próxima entrada.
De momento, y muy adecuado con las fechas, baste con decir que solo el justo puede ser feliz.
¡Feliz Navidad a todos!
Identificando felicidad con placer, se me ocurre pensar que no somos felices porque nos preocupamos más de los placeres materiales y dejamos atrás los placeres intelectuales o al revés.
ResponderSuprimirTodos son necesarios.
Quizás no sabemos equilibrar la balanza.
Terol
Gracias, Tertol, por tu comentario.
ResponderSuprimirPero ¡qué difícil es equilibrar la balanza!
Saludos,
Antonio