Había nacido en los años del trueno, cuando los cuatro jinetes, galopando implacables, uniformaban a un pueblo de luto riguroso.
Sus sueños infantiles se nublaron con marchas militares, ausencias del padre, puños en alto y palmas abiertas, como clamando todos a un cielo indiferente. Lo transmitió en sus versos, relato de vencidos, de amores y de muerte (porque, ¿de qué otra cosa puede escribir un poeta?, como una vez me dijo). Cincelaba palabras, artesano y artista, jurista y poeta, sin descanso ni tregua, y mezclaba los versos con las leyes, o tal vez fuera al revés y no caí en la cuenta.
Y recibió, de un mundo material que no era el suyo, honores y premios a todo cuanto hizo.
Su obra literaria mereció la atención de otros idiomas, y hoy puedes leer sus versos de amor en un dulce italiano, o rumiar los ayes de la guerra en ruso indescifrable. A cada lengua lo suyo, y ojearlo en gallego suave, de morriña, me parece lo adecuado en estos días.
Sus dos últimos libros, tal vez premonición o tal vez fuga, los tituló “Morir es un estado permanente” y “Sin entrar en detalles, por supuesto”, reflejos sin duda de un alma fatigada, que el cuerpo nunca ha sido lo importante, pero yo, de su veintena de obras, prefiero recordarlo con “Del amor y del llanto” (¡como si no fueran los dos la misma cosa!), escrita en tiempos más amables. Nos queda, manuscrito en urgencias de imprenta, el que da título a esta nota.
No sé si nace o se apaga una estrella cuando muere un poeta, pero seguro estoy que el firmamento no ha de permanecer inalterado.
Había nacido en los años del trueno. Se llamaba Joaquín. Y era mi hermano.
Sus sueños infantiles se nublaron con marchas militares, ausencias del padre, puños en alto y palmas abiertas, como clamando todos a un cielo indiferente. Lo transmitió en sus versos, relato de vencidos, de amores y de muerte (porque, ¿de qué otra cosa puede escribir un poeta?, como una vez me dijo). Cincelaba palabras, artesano y artista, jurista y poeta, sin descanso ni tregua, y mezclaba los versos con las leyes, o tal vez fuera al revés y no caí en la cuenta.
Y recibió, de un mundo material que no era el suyo, honores y premios a todo cuanto hizo.
Su obra literaria mereció la atención de otros idiomas, y hoy puedes leer sus versos de amor en un dulce italiano, o rumiar los ayes de la guerra en ruso indescifrable. A cada lengua lo suyo, y ojearlo en gallego suave, de morriña, me parece lo adecuado en estos días.
Sus dos últimos libros, tal vez premonición o tal vez fuga, los tituló “Morir es un estado permanente” y “Sin entrar en detalles, por supuesto”, reflejos sin duda de un alma fatigada, que el cuerpo nunca ha sido lo importante, pero yo, de su veintena de obras, prefiero recordarlo con “Del amor y del llanto” (¡como si no fueran los dos la misma cosa!), escrita en tiempos más amables. Nos queda, manuscrito en urgencias de imprenta, el que da título a esta nota.
No sé si nace o se apaga una estrella cuando muere un poeta, pero seguro estoy que el firmamento no ha de permanecer inalterado.
Había nacido en los años del trueno. Se llamaba Joaquín. Y era mi hermano.

Precioso homenaje
ResponderSuprimirMuchas gracias
ResponderSuprimirHa resumido a la perfeción la obra de un poeta , el otoño de una vida y la transcendencia en el corazón de un hermano. Me enorgullezco de pertenecer a su familia.
ResponderSuprimir*Perfección.
ResponderSuprimirGracias, Adela.
ResponderSuprimirEs la familia la que se enorgullece de que tú formes parte de ella.
Besos,
Antonio
Mi más sentido pésame, Antonio y gracias por acercarnos a la poesía de tu hermano a través de estas palabras.
ResponderSuprimirMuchas gracias, Astrid.
ResponderSuprimirSaludos
Antonio
Algunas despedidas tienen una luz de estrella, incluso en la noche mas negra, si te fijas bien puedes percibirla.
ResponderSuprimirGracias, anónimo, por tu comentario.
ResponderSuprimirEsa luz de estrella siempre está ahí, puede que tapada por las nubes, pero siempre está ahí.
Solo requiere creer en ella.
Saludos,
Antonio