Mi mayor enemigo soy yo. Y desde luego, no soy mi mejor amigo, que amistad es desinterés y yo, para mí, no hago nada que no tenga un propósito.
Nadie mejor que yo conoce mis objetivos, mis ambiciones y nadie, mejor que yo, malbarata mis recursos. Nadie puede, como yo, conocer qué significa para mí la felicidad y nadie, mejor que yo, es consciente de mi propia inconsistencia en perseguirla.
Pero yo, ¿quién soy yo? Los griegos escribieron “conócete a ti mismo” en el templo de Delfos. Está claro que yo debo ser alguien, aunque no acierto a comprender ni qué ni quién. Cuando digo “mi mano” expreso la propiedad sobre algo que forma parte de mí. Pero, cuando digo “mi cuerpo”, es decir, el conjunto y no una parte, ¿es que estoy intuyendo que yo soy algo más? Debo de ser, incluso, algo más que “mi alma” pues parece que esta también me pertenece.
¿Quién soy yo? ¿un ser racional, es decir que actúa al dictado de la razón? Y, en ese caso, ¿solo soy un ser en cuanto pienso, como decía Descartes? o ¿soy un ser en cuanto siento?
La Ilustración pretendía que la razón era liberadora y objetiva. Tal vez, tan solo se haya convertido en fría y excluyente: todo por la razón y nada sin ella. Pretensión estúpida: los comportamientos los calificamos de razonables, porque así lo dicta el consenso social. Nos hemos liberado de creencias, simplemente para caer en otras.
¿Quién soy yo? ¿el que calcula, racionalmente, los pros y contras de un proyecto, o el que impulsivamente se deja llevar por los sentimientos? ¿Quién era Alejandro, el que helenizó el Asia, o el que mató a Clito en un arrebato de ira? ¿Quién Critias, el tirano que aniquilaba fríamente a sus opositores, o el educado filósofo que dialogaba sobre la existencia de la Atlántida?
Por cierto ¿quién soy yo? ¿mi yo líder o mi yo gregario? ¿aquél que pretendía cambiar el mundo o el indolente que se deja mecer en la pereza?
Razón y sentimientos no se contraponen. Los segundos pueden matizar la primera, ennobleciéndola, dotando de significado a aquello que parece “razonable”. Un líder ha de utilizar ambas herramientas: ni proyecto irracional, ni proyecto deshumanizado.
Conócete a ti mismo, decían, pero ¿y si no nos gusta el personaje? ¿y si la imagen que reflejo me resulta extraña e insoportablemente ajena? Tendremos que aprender a vivir con nosotros mismos, como con un vecino incómodo.
¿Cómo conseguirlo? No sé. Carne de psicoanálisis, carne de confesionario, carne de carne.
Habré de trabajar los ingredientes que componen mi yo. Mejorar la receta. ¿Ocultar con zumo de limón la falta de frescura del pescado? ¿resaltar con especies el tenue sabor de la pularda?
Puedo trabajar mis puntos débiles, pero ya sé que nunca seré un notable matemático, ni físico, ni tantas otras cosas. Mejor reforzar aquello en que eres bueno hasta ser sobresaliente.
Pero, en cualquier decisión que hayas de tomar, combina la razón y sentimientos. “Conócete a ti mismo”, tal vez solo pretenda que estés en paz contigo.
Y solo desde esa paz, puedes hacer grandes cosas.

Si, no unimos el pensamiento y la razón, ¿qué somos? ¿podríamos vivir sin una de ellas?, ¿no podríamos ser felices compartiéndolas y acercándonos a los demás?
ResponderSuprimirNo son parte de los demás, los que también nos hacen ser felices? Es posible que nos fijemos demasiado en nosotros mismos, y no prestemos atención a, lo, ó, a quien nos rodea.
Un abrazo
Maratoniano
Gracias, maratoniano, por tu comentario. Pero yo en este tema, como puedes ver, tengo más preguntas que respuestas.
ResponderSuprimirUn abrazo,
Antonio
Es verdad, tienes muchas preguntas para las que ninguno de nosotros podemos ofrecerte respuestas, aunque creo que tampoco lo esperas, no? :)
ResponderSuprimirPero estoy contigo en la importancia de conocerse a uno mismo y de hacer el esfuerzo (porque requiere esfuerzo, de eso no hay duda) de observarse, de ponerse a prueba y de trabajarse los defectos y las carencias a la vez que aprendemos a querernos con ellas, o pesar de ellas.
Porque sin ese conocimiento es dificil tomar decisiones acertadas, para uno mismo y para los demás.
Un abrazo, con razón y corazón, en éste año que acaba de empezar,
Mucha gracias, Astrid.
ResponderSuprimirComo siempre, un comentario tan amable co inteligente, que estimula a seguir haciendo nos preguntas.
Un abrazo y feliz año!
Antonio