En la anterior entrada (I) sobre este mismo tema, terminábamos preguntándonos:
- ¿Sé yo, realmente, qué es para mí la felicidad?
No es fácil determinar qué es la felicidad. Todas las corrientes filosóficas, desde las más antiguas, han tratado de definirla, porque ella es, esto sí es indudable, el fin último de toda persona. Si es la ausencia del dolor, o es la aceptación de lo inevitable, o la coherencia, dependerá de tus inclinaciones epicúreas, estoicas o socráticas. Yo, personalmente, creo que la felicidad reside más en el mundo de las ideas que en la materialización concreta, pero si tuviera que definirla me atrevería a decir que es un estado de plenitud, de identificación con uno mismo. Soy feliz porque considero (yo, no los otros) que mi vida tiene un sentido de trascendencia, porque siento que mis actos componen un todo armónico, sin estridencias ni disonancias, porque soy consecuente con mis principios, y hay una relación estrecha entre mis opiniones y actuaciones.
Y se es feliz tanto por los resultados como por el proceso. Si yo tengo una opinión determinada sobre lo justo y actúo de forma eficaz para conseguirlo, no cabe duda que seré feliz, o, al menos, estaré muy próximo a la felicidad, pues estoy haciendo lo que considero debe hacerse.
El problema es que mis opiniones pueden no estar bien fundamentadas. Y eso suele ser difícil admitirlo, porque no estamos hablando de opiniones triviales. Estamos hablando sobre opiniones que configuran nuestra manera de ver el mundo. Estamos hablando de creencias que hemos ido aprehendiendo y aprendiendo, de nuestra sociedad, de nuestra experiencia vital y de lo que nos han transmitido nuestros padres y abuelos.
Estamos hablando de cuáles son nuestros criterios de decisión ante una disyuntiva: ser honrado o no serlo; esforzarse o dejarse llevar por la indolencia; aspirar a la excelencia o estar cómodo en la mediocridad; hablar solo de derechos o hablar de deberes; responsabilizar a los otros de nuestras desgracias, o asumir que somos protagonistas de nuestra propia vida. Y que nos comprometemos con ello.
En la vida de la empresa está bien demostrado que el compromiso es antecedente del desempeño. Por eso, las políticas de recursos humanos se enfocan a conseguir ese compromiso y, de entre sus distintas dimensiones, especialmente el afectivo: aquél que me hace desear permanecer en esta empresa, porque considero el proyecto como mío, porque quiero participar en él, porque me ilusiona ser parte del mismo.
Pero si el compromiso es bueno para la empresa porque los empleados producirán más y, como consecuencia, la compañía prosperará, la razón me haría plantearme algunas preguntas que parecen derivarse de la conclusión anterior:
- ¿No es aplicable esta relación a mi situación particular?
- ¿No será cierto que solo obtendré éxito profesional si estoy comprometido afectivamente con la institución y su proyecto?
El compromiso afectivo es antecedente del éxito y condición necesaria para ser feliz en el desarrollo profesional. Pero, dado que se deriva del ajuste de los valores personales con los organizacionales, requiere que conozcas tus valores, tus criterios de decisión, y tus objetivos finales.
Analizar todo eso precisa un trabajo de introspección sincero. Pero no es difícil. A fin de cuentas, hablarnos a nosotros mismos no es demasiado complicado. Lo podemos hacer directamente, sin darle muchas vueltas, y tiene la ventaja de que no podemos engañar ni ser engañados. Sabemos de antemano la respuesta a las preguntas.
Pero hace falta reflexión, papel y lápiz.
Y determinar qué piensas que te va a hacer feliz.
Porque sin felicidad no ejercerás el liderazgo, ya que liderazgo implica sacrificio, esfuerzo personal. No es tarea fácil presentar siempre buena disposición de ánimo cuando las cosas son adversas. El líder no puede decaer, sino estimular al equipo.
Animar a los demás, no desfallecer no es tarea sencilla, sino que requiere una especial predisposición a ello. La diferencia entre quien abandona y quien persevera, está, probablemente en la motivación. Ya en mi libro “La Casa de Austria” intenté establecer la diferencia entre el líder y el que allí llamé “el poderoso”. El primero fundamenta su posición en la autoridad, en tanto que el segundo en el simple ejercicio del poder.
Hoy podemos añadir que la motivación del líder es principalmente trascendente (cimentada en el impacto positivo que su actuación tiene en los demás), en tanto que la del poderoso es muy probable que sea básicamente externa (la consecución de la recompensa material que su gestión le proporciona).
La felicidad es un estado positivo, generador de ilusión, transmisor de energía. Es, por tanto, un estado que puede facilitar que tu equipo te conceda la autoridad. La motivación trascendente es, sin duda, generadora de felicidad.
El rencor, la insensibilidad, el egoísmo, provocan un estado de ánimo negativo y nadie quiere seguir a una persona insensible, despótica o egoísta. Es posible que trabajen para esa persona, pero no le siguen, es posible que trabajen para él/ella, pero no junto a él/ella.
No trata este blog de servir de orientación (¿¡quién soy yo para eso!?) sobre la consecución de la felicidad personal, pero nuestra actividad profesional forma una parte importante de nuestro proyecto vital. Por tanto, debemos de buscar en nuestro interior qué tipo de actividad nos proporciona la motivación trascendente. Qué trabajo es el que me permite ser feliz y, así, comprometerme y comprometer a mi equipo en el proyecto.
Hazlo por tí, porque, sencillamente, solo así llegarás a ser un líder.

Me gusta mucho como escribes, eres claro, conciso, directo, aunque demasiado extenso para retener en mi mente, tantos conceptos a la vez....
ResponderSuprimirEs que ya no cumpliré los 65....
La felicidad personal, individual, no para ser líder de nada,es solamente estar conforme con uno mismo, no sentir añoranzas, morriñas, recuerdos, soledades..,
"Madre, para descansar es necesario no pensar , no sentir, no sufrir....
Madre para descansar, morir...."
La verdad, Niebla, es que esta entrada me ha salido demasiado extensa. Tratare de ser mas conciso en el futuro y, por favor, ¡Ni una palabra sobre los 65 años, que estas en plena juventud!
ResponderSuprimirGracias por tu comentario.
Saludos
Antomio