La superabundancia en la producción de la literatura del liderazgo, dotan a esta figura de una serie de características que parecen esenciales para el funcionamiento de las organizaciones: todo con el líder y nada sin él. Incluso, en las teorías de la contingencia, con las que estoy básicamente de acuerdo, se reconoce la singularidad de los equipos para resaltar la adaptación que hace el líder al dirigirlos.
En resumen, se escribe mucho del líder y poco de los seguidores. Es este un tema que ya traté en mi libro “Alejandro Magno y la gestión de empresas”, pues la tremenda luz de la figura del macedonio me hacía sospechar, como así era, que oscurecía a un magnífico equipo que hizo posible, aun superando, en algunos casos, la vehemencia irresponsable de Alejandro, la conquista de Asia.
Stephen P. Robbins plantea en su obra “Comportamiento organizacional”, la posible irrelevancia del liderazgo en determinadas situaciones, en las que las características individuales del equipo, estructura del trabajo o diseño de la organización, actúen como sustitutos o neutralizadores del mismo.
Y es natural que un equipo profesional y experto, con sentido de la responsabilidad, o una organización con metas explícitamente formalizadas y bien regulada, actúe eficientemente sin necesidad de la dirección de un líder. Al menos en el sentido que se le viene atribuyendo a liderazgo.
La historia siempre nos aporta ejemplos. En el siglo XVII, España fue gobernada por Felipe III, que sucedía al hiperactivo y workaholic Felipe II. Pero ¿he dicho fue gobernada? No, realmente, no fue así.
Felipe III fue el rey más perezoso de la historia de España, según el magnífico hispanista John Lynch. Y esto fue, probablemente, una bendición dada la falta de capacidad intelectual del monarca. Como consecuencia, dejó los asuntos de gobierno en manos de su valido el duque de Lerma, quien, a semejanza de su rey y amigo personal, tampoco tenía gran afición al trabajo y sí mucha al enriquecimiento ilícito.
De esta situación solo se podía derivar un desastre, y no hubo poco de ello. Pero lo curioso es que las figuras de los miembros de los distintos consejos (Consejo de Estado, Consejo de Guerra, Consejo de Castilla, de Indias, de Italia, etc…) que habían permanecido oscurecidas bajo el reinado de Felipe II dada su tremenda influencia y capacidad de trabajo, tomaron en esta ocasión un nuevo protagonismo, convirtiéndose en quienes, de facto, regían el imperio español. Se había producido una sustitución del liderazgo, de la gestión de los asuntos del reino, ante el abandono del monarca y la corrupción de su valido.
Me gustaría que sacásemos alguna conclusión:
La primera y fundamental, es que no esperemos que venga un líder a motivarnos, a decirnos qué hemos de hacer. Cuando se es un profesional responsable, los objetivos suelen estar bien claros y la voluntad de cumplirlos también.
La segunda es que el liderazgo, si no irrelevante como en este caso, tiene con los seguidores una relación de mutua dependencia. Es posible que los seguidores necesiten un líder, pero es absolutamente indiscutible, que el líder necesita a su equipo.
La tercera, un poquito en broma, es que lo mejor que nos puede pasar ante un líder incompetente, es que sea vago. No hay nada más peligroso que un tonto trabajador.






