martes 24 de enero de 2012

¿Y si prescindimos del líder?


La superabundancia en la producción de la literatura del liderazgo, dotan a esta figura de una serie de características que parecen esenciales para el funcionamiento de las organizaciones: todo con el líder y nada sin él. Incluso, en las teorías de la contingencia, con las que estoy básicamente de acuerdo, se reconoce la singularidad de los equipos para resaltar la adaptación que hace el líder al dirigirlos.

En resumen, se escribe mucho del líder y poco de los seguidores. Es este un tema que ya traté en mi libro “Alejandro Magno y la gestión de empresas”, pues la tremenda luz de la figura del macedonio me hacía sospechar, como así era, que oscurecía a un magnífico equipo que hizo posible, aun superando, en algunos casos, la vehemencia irresponsable de Alejandro, la conquista de Asia.

Stephen P. Robbins plantea en su obra “Comportamiento organizacional”, la posible irrelevancia del liderazgo en determinadas situaciones, en las que las características individuales del equipo, estructura del trabajo o diseño de la organización, actúen como sustitutos o neutralizadores del mismo.

Y es natural que un equipo profesional y experto, con sentido de la responsabilidad, o una organización con metas explícitamente formalizadas y bien regulada, actúe eficientemente sin necesidad de la dirección de un líder. Al menos en el sentido que se le viene atribuyendo a liderazgo.

La historia siempre nos aporta ejemplos. En el siglo XVII, España fue gobernada por Felipe III, que sucedía al hiperactivo y workaholic Felipe II. Pero ¿he dicho fue gobernada? No, realmente, no fue así.

Felipe III fue el rey más perezoso de la historia de España, según el magnífico hispanista John Lynch. Y esto fue, probablemente, una bendición dada la falta de capacidad intelectual del monarca. Como consecuencia, dejó los asuntos de gobierno en manos de su valido el duque de Lerma, quien, a semejanza de su rey y amigo personal, tampoco tenía gran afición al trabajo y sí mucha al enriquecimiento ilícito.

De esta situación solo se podía derivar un desastre, y no hubo poco de ello. Pero lo curioso es que las figuras de los miembros de los distintos consejos (Consejo de Estado, Consejo de Guerra, Consejo de Castilla, de Indias, de Italia, etc…) que habían permanecido oscurecidas bajo el reinado de Felipe II dada su tremenda influencia y capacidad de trabajo, tomaron en esta ocasión un nuevo protagonismo, convirtiéndose en quienes, de facto, regían el imperio español. Se había producido una sustitución del liderazgo, de la gestión de los asuntos del reino, ante el abandono del monarca y la corrupción de su valido.

Me gustaría que sacásemos alguna conclusión:

La primera y fundamental, es que no esperemos que venga un líder a motivarnos, a decirnos qué hemos de hacer. Cuando se es un profesional responsable, los objetivos suelen estar bien claros y la voluntad de cumplirlos también.

La segunda es que el liderazgo, si no irrelevante como en este caso, tiene con los seguidores una relación de mutua dependencia. Es posible que los seguidores necesiten un líder, pero es absolutamente indiscutible, que el líder necesita a su equipo.

La tercera, un poquito en broma, es que lo mejor que nos puede pasar ante un líder incompetente, es que sea vago. No hay nada más peligroso que un tonto trabajador.















domingo 15 de enero de 2012

Felicidad y liderazgo (II)


En la anterior entrada (I) sobre este mismo tema, terminábamos preguntándonos:

- ¿Sé yo, realmente, qué es para mí la felicidad?

No es fácil determinar qué es la felicidad. Todas las corrientes filosóficas, desde las más antiguas, han tratado de definirla, porque ella es, esto sí es indudable, el fin último de toda persona. Si es la ausencia del dolor, o es la aceptación de lo inevitable, o la coherencia, dependerá de tus inclinaciones epicúreas, estoicas o socráticas. Yo, personalmente, creo que la felicidad reside más en el mundo de las ideas que en la materialización concreta, pero si tuviera que definirla me atrevería a decir que es un estado de plenitud, de identificación con uno mismo. Soy feliz porque considero (yo, no los otros) que mi vida tiene un sentido de trascendencia, porque siento que mis actos componen un todo armónico, sin estridencias ni disonancias, porque soy consecuente con mis principios, y hay una relación estrecha entre mis opiniones y actuaciones.

Y se es feliz tanto por los resultados como por el proceso. Si yo tengo una opinión determinada sobre lo justo y actúo de forma eficaz para conseguirlo, no cabe duda que seré feliz, o, al menos, estaré muy próximo a la felicidad, pues estoy haciendo lo que considero debe hacerse.

El problema es que mis opiniones pueden no estar bien fundamentadas. Y eso suele ser difícil admitirlo, porque no estamos hablando de opiniones triviales. Estamos hablando sobre opiniones que configuran nuestra manera de ver el mundo. Estamos hablando de creencias que hemos ido aprehendiendo y aprendiendo, de nuestra sociedad, de nuestra experiencia vital y de lo que nos han transmitido nuestros padres y abuelos.

Estamos hablando de cuáles son nuestros criterios de decisión ante una disyuntiva: ser honrado o no serlo; esforzarse o dejarse llevar por la indolencia; aspirar a la excelencia o estar cómodo en la mediocridad; hablar solo de derechos o hablar de deberes; responsabilizar a los otros de nuestras desgracias, o asumir que somos protagonistas de nuestra propia vida. Y que nos comprometemos con ello.

En la vida de la empresa está bien demostrado que el compromiso es antecedente del desempeño. Por eso, las políticas de recursos humanos se enfocan a conseguir ese compromiso y, de entre sus distintas dimensiones, especialmente el afectivo: aquél que me hace desear permanecer en esta empresa, porque considero el proyecto como mío, porque quiero participar en él, porque me ilusiona ser parte del mismo.

Pero si el compromiso es bueno para la empresa porque los empleados producirán más y, como consecuencia, la compañía prosperará, la razón me haría plantearme algunas preguntas que parecen derivarse de la conclusión anterior:

- ¿No es aplicable esta relación a mi situación particular?

- ¿No será cierto que solo obtendré éxito profesional si estoy comprometido afectivamente con la institución y su proyecto?

El compromiso afectivo es antecedente del éxito y condición necesaria para ser feliz en el desarrollo profesional. Pero, dado que se deriva del ajuste de los valores personales con los organizacionales, requiere que conozcas tus valores, tus criterios de decisión, y tus objetivos finales.

Analizar todo eso precisa un trabajo de introspección sincero. Pero no es difícil. A fin de cuentas, hablarnos a nosotros mismos no es demasiado complicado. Lo podemos hacer directamente, sin darle muchas vueltas, y tiene la ventaja de que no podemos engañar ni ser engañados. Sabemos de antemano la respuesta a las preguntas.

Pero hace falta reflexión, papel y lápiz.

Y determinar qué piensas que te va a hacer feliz.

Porque sin felicidad no ejercerás el liderazgo, ya que liderazgo implica sacrificio, esfuerzo personal. No es tarea fácil presentar siempre buena disposición de ánimo cuando las cosas son adversas. El líder no puede decaer, sino estimular al equipo.

Animar a los demás, no desfallecer no es tarea sencilla, sino que requiere una especial predisposición a ello. La diferencia entre quien abandona y quien persevera, está, probablemente en la motivación. Ya en mi libro “La Casa de Austria” intenté establecer la diferencia entre el líder y el que allí llamé “el poderoso”. El primero fundamenta su posición en la autoridad, en tanto que el segundo en el simple ejercicio del poder.

Hoy podemos añadir que la motivación del líder es principalmente trascendente (cimentada en el impacto positivo que su actuación tiene en los demás), en tanto que la del poderoso es muy probable que sea básicamente externa (la consecución de la recompensa material que su gestión le proporciona).

La felicidad es un estado positivo, generador de ilusión, transmisor de energía. Es, por tanto, un estado que puede facilitar que tu equipo te conceda la autoridad. La motivación trascendente es, sin duda, generadora de felicidad.

El rencor, la insensibilidad, el egoísmo, provocan un estado de ánimo negativo y nadie quiere seguir a una persona insensible, despótica o egoísta. Es posible que trabajen para esa persona, pero no le siguen, es posible que trabajen para él/ella, pero no junto a él/ella.

No trata este blog de servir de orientación (¿¡quién soy yo para eso!?) sobre la consecución de la felicidad personal, pero nuestra actividad profesional forma una parte importante de nuestro proyecto vital. Por tanto, debemos de buscar en nuestro interior qué tipo de actividad nos proporciona la motivación trascendente. Qué trabajo es el que me permite ser feliz y, así, comprometerme y comprometer a mi equipo en el proyecto.

Hazlo por tí, porque, sencillamente, solo así llegarás a ser un líder.














jueves 5 de enero de 2012

Confíteor


Mi mayor enemigo soy yo. Y desde luego, no soy mi mejor amigo, que amistad es desinterés y yo, para mí, no hago nada que no tenga un propósito.

Nadie mejor que yo conoce mis objetivos, mis ambiciones y nadie, mejor que yo, malbarata mis recursos. Nadie puede, como yo, conocer qué significa para mí la felicidad y nadie, mejor que yo, es consciente de mi propia inconsistencia en perseguirla.

Pero yo, ¿quién soy yo? Los griegos escribieron “conócete a ti mismo” en el templo de Delfos. Está claro que yo debo ser alguien, aunque no acierto a comprender ni qué ni quién. Cuando digo “mi mano” expreso la propiedad sobre algo que forma parte de mí. Pero, cuando digo “mi cuerpo”, es decir, el conjunto y no una parte, ¿es que estoy intuyendo que yo soy algo más? Debo de ser, incluso, algo más que “mi alma” pues parece que esta también me pertenece.

¿Quién soy yo? ¿un ser racional, es decir que actúa al dictado de la razón? Y, en ese caso, ¿solo soy un ser en cuanto pienso, como decía Descartes? o ¿soy un ser en cuanto siento?

La Ilustración pretendía que la razón era liberadora y objetiva. Tal vez, tan solo se haya convertido en fría y excluyente: todo por la razón y nada sin ella. Pretensión estúpida: los comportamientos los calificamos de razonables, porque así lo dicta el consenso social. Nos hemos liberado de creencias, simplemente para caer en otras.

¿Quién soy yo? ¿el que calcula, racionalmente, los pros y contras de un proyecto, o el que impulsivamente se deja llevar por los sentimientos? ¿Quién era Alejandro, el que helenizó el Asia, o el que mató a Clito en un arrebato de ira? ¿Quién Critias, el tirano que aniquilaba fríamente a sus opositores, o el educado filósofo que dialogaba sobre la existencia de la Atlántida?

Por cierto ¿quién soy yo? ¿mi yo líder o mi yo gregario? ¿aquél que pretendía cambiar el mundo o el indolente que se deja mecer en la pereza?

Razón y sentimientos no se contraponen. Los segundos pueden matizar la primera, ennobleciéndola, dotando de significado a aquello que parece “razonable”. Un líder ha de utilizar ambas herramientas: ni proyecto irracional, ni proyecto deshumanizado.

Conócete a ti mismo, decían, pero ¿y si no nos gusta el personaje? ¿y si la imagen que reflejo me resulta extraña e insoportablemente ajena? Tendremos que aprender a vivir con nosotros mismos, como con un vecino incómodo.

¿Cómo conseguirlo? No sé. Carne de psicoanálisis, carne de confesionario, carne de carne.

Habré de trabajar los ingredientes que componen mi yo. Mejorar la receta. ¿Ocultar con zumo de limón la falta de frescura del pescado? ¿resaltar con especies el tenue sabor de la pularda?

Puedo trabajar mis puntos débiles, pero ya sé que nunca seré un notable matemático, ni físico, ni tantas otras cosas. Mejor reforzar aquello en que eres bueno hasta ser sobresaliente.

Pero, en cualquier decisión que hayas de tomar, combina la razón y sentimientos. “Conócete a ti mismo”, tal vez solo pretenda que estés en paz contigo.

Y solo desde esa paz, puedes hacer grandes cosas.

jueves 29 de diciembre de 2011

Nuevo año, nuevo liderazgo, nuevas ilusiones.

Parece que estas fechas propician la reflexión sobre nuestra actuación en el año que acaba y las rectificaciones que, sobre nuestra conducta, vamos a llevar a cabo en el próximo (nuestras raíces cristianas nos llevan, siempre, al “propósito de la enmienda”).

No parece que los hados nos vayan a traer un buen 2012. Desear próspero año nuevo puede ser, por tanto, un “whisful thinking”, algo absolutamente alejado de la realidad e, incluso, ajeno al pensamiento sincero de quien lo desea, convencido internamente de la dificultad de que se materialice.

No obstante, tenemos que conseguir que este año 2012 sea más próspero, más eficiente, más justo, mejor gestionado, que el pasado. Tenemos que conseguir que nuestra actuación sea mejor, y dotar de mayor sentido a nuestro liderazgo.

Y eso no es cosa “del mundo” en general, sino de cada uno de nosotros en particular. Nuestra aportación a la prosperidad global la podemos concretar en nuestro entorno más próximo: el mundo prospera, si tú prosperas. El mundo prospera, si las personas a tu cargo prosperan. Y eso es tu, nuestra, responsabilidad. Y para eso tienes, tenemos, argumentos y recursos, alguno de los cuales detallo a continuación, y que vendrían a ser recomendaciones para mejorar el liderazgo en el nuevo año:

El primer recurso es tu voluntad de mejorar.

El segundo, tu convicción de que puedes conseguirlo.

El tercero, es el esfuerzo que vas a dedicarle.

El cuarto, el reconocimiento de los errores propios.

El quinto, la firme decisión de rectificar.

El sexto, la confianza que has de establecer entre tu equipo y tú.

El séptimo, la creatividad con la que has de enfrentar tu trabajo.

El octavo, el respeto que te han de merecer tus competidores.

El noveno, la sana ambición de superarlos.

El décimo, la coherencia que ha de existir entre tus principios y tus hechos.

El undécimo, defender que la honestidad no es negociable.

El duodécimo, que has de disfrutar con todo ello.

Como ves, no hemos hablado ni de recursos materiales, ni de las dificultades del entorno. Éste no podemos modificarlo nosotros solos, pero sí podemos modificar nuestra actitud para enfrentarnos a él. El principal recurso eres tú, tu creatividad, tu iniciativa, tu perseverancia, tu valor como persona. Y eso es irrepetible. Cada uno de nosotros somos seres únicos, una combinación extraordinaria de capacidades que, bien orientada, puede ser una fuente de ventaja competitiva.

Ten confianza en ti mismo y desarrolla todo tu potencial.

Ya ves, doce recomendaciones. Una por cada uva de la suerte.

¡Feliz año a todos y muchas gracias por leer y participar en este blog!





viernes 23 de diciembre de 2011

Felicidad y liderazgo (I)

De la entrada que titulé Invisibles, publicada en este blog el día 5 de este mes, se pueden deducir dos conclusiones, que un inteligente seguidor ha relacionado con el hecho histórico del motín de Esquilache, cuando a los españoles se les quería prohibir el embozo que podría encubrir la autoría de determinados actos:

- Primera, se pone en duda la bondad humana. Es más, se afirma la maldad de los hombres.

- Segunda, esta maldad solo está contenida por las convenciones sociales, incluyendo entre ellas, de manera preferente, las leyes que coartan los actos delictivos por temor a la pena que, de ser descubiertos, conlleva.

Yo no puedo estar de acuerdo con Critias (el sofista griego autor de esta teoría). Nosotros, que no tenemos una visión tan pesimista de la naturaleza humana, verdaderamente creemos que las personas están dotadas de una inclinación natural hacia la bondad, que nadie es malo por el mero placer de serlo y que, incluso aquellos que lo son, actúan como consecuencia de una confusión de valores.

La primera confusión es que identificamos lo bueno con lo provechoso. La segunda confusión es que identificamos lo provechoso con aquello que nos reporta un beneficio, especialmente económico, de presente o de futuro.

El objetivo último de cada persona es la búsqueda de la felicidad. Y nuestras acciones se encaminan, consciente o inconscientemente, a conseguirla. O deberían de hacerlo.

La realidad, en cambio, es diferente porque nuestras acciones no suelen encaminarse a conseguir la felicidad, sino a aquello que pensamos que es la felicidad, influidos por patrones sociales que no analizamos con profundidad.

Y así, de esta manera, entendemos que la posición económica y la relevancia social nos han de proporcionar esa felicidad y nos dirigimos a conseguirla sin pararnos a pensar que los actos que podemos estar realizando, tal vez nos alejan de ella.

¿Es legítimo aspirar a una mejor posición económica?

Claramente, sí.

¿Es legítimo aspirar a tener la relevancia social que nuestro entorno le concede al líder?

Absolutamente, sí.

Entonces, ¿cuál es el problema?

El problema lo encontramos tanto en la fijación de objetivos, como en el proceso para conseguirlos.

Hemos dicho antes que solemos confundir lo bueno con lo provechoso, y lo provechoso con aquello que nos reporta un beneficio económico o una mejora social.

Esto puede ser así, pero puede no serlo. Para ello, vamos a plantear algunas preguntas tal vez exageradas, pero que clarifican mucho la cuestión:

¿Es bueno robar, porque esto nos aporta un beneficio económico?

La respuesta, sin duda, es que no. Nadie consideraría que está haciendo una acción buena al robar, por mucho provecho que saque de ella. Podemos incluso presumir que los ladrones no reconocen su acción como buena, aunque la justifiquen diciendo que están obligados a ella por su situación personal, de necesidad, etc., lo que nos podría llevar a la siguiente pregunta:

¿Es bueno robar porque, minutos antes, hemos sido robados en el metro, o en el autobús, para así resarcirnos de nuestra injusta pérdida?

La respuesta, vuelve a ser, evidentemente, que no. Porque una injusticia no puede ser contestada con otra injusticia. Porque lo peor que puedo hacer yo es ser injusto, como demuestra que, con toda seguridad, de actuar como en esa segunda pregunta se plantea, me sentiría peor por el hecho de robar que por el de haber sido robado.

Y si me siento peor, no voy a ser feliz. Si me roban, me sentiré mal, disgustado, afectado por la situación de pérdida, pero no me sentiré culpable pues mi integridad se ha mantenido intacta. Si robo, habré compensado mi pérdida económica, pero habré perdido mi integridad y eso me hará sentirme desdichado. No encontraré dentro de mí argumentos que lo justifiquen: habré hecho mal para provecho propio, trasladando mi pérdida a otra persona inocente.

Lo peor que podemos hacer en la vida, es ser injustos. Sócrates decía que peor que sufrir injusticia es cometerla, como acabamos de ver.

Por tanto, lo bueno no es lo provechoso, sino que lo bueno es lo justo.

Nuestro segundo error, hemos dicho que es confundir lo provechoso con el beneficio económico o social.

Si tenemos en cuenta la afirmación anterior de que la búsqueda del hombre es la felicidad, y hemos convenido que ésta y la injusticia son incompatibles, se deduce que solo obtendremos provecho consiguiendo nuestros objetivos (económicos, sociales, personales) mediante actos justos.

Por tanto no es que no podamos identificar provecho con beneficio económico, o con ascender en la escala social, sino que,

Solo obtendremos auténtico provecho si nuestros objetivos, económicos, profesionales o de la naturaleza que sean, los hemos alcanzado justamente.

Llegado a este punto, nos tendríamos que plantear nuevas cuestiones:

- ¿Sé yo, realmente, qué es para mí la felicidad? - ¿Poseo los medios para conseguirla?

Pero estas preguntas, y la relación entre felicidad y liderazgo habrán de quedarse para una próxima entrada.

De momento, y muy adecuado con las fechas, baste con decir que solo el justo puede ser feliz.

¡Feliz Navidad a todos!

viernes 16 de diciembre de 2011

Y así llegó este invierno


Había nacido en los años del trueno, cuando los cuatro jinetes, galopando implacables, uniformaban a un pueblo de luto riguroso.

Sus sueños infantiles se nublaron con marchas militares, ausencias del padre, puños en alto y palmas abiertas, como clamando todos a un cielo indiferente. Lo transmitió en sus versos, relato de vencidos, de amores y de muerte (porque, ¿de qué otra cosa puede escribir un poeta?, como una vez me dijo). Cincelaba palabras, artesano y artista, jurista y poeta, sin descanso ni tregua, y mezclaba los versos con las leyes, o tal vez fuera al revés y no caí en la cuenta.

Y recibió, de un mundo material que no era el suyo, honores y premios a todo cuanto hizo.

Su obra literaria mereció la atención de otros idiomas, y hoy puedes leer sus versos de amor en un dulce italiano, o rumiar los ayes de la guerra en ruso indescifrable. A cada lengua lo suyo, y ojearlo en gallego suave, de morriña, me parece lo adecuado en estos días.

Sus dos últimos libros, tal vez premonición o tal vez fuga, los tituló “Morir es un estado permanente” y “Sin entrar en detalles, por supuesto”, reflejos sin duda de un alma fatigada, que el cuerpo nunca ha sido lo importante, pero yo, de su veintena de obras, prefiero recordarlo con “Del amor y del llanto” (¡como si no fueran los dos la misma cosa!), escrita en tiempos más amables. Nos queda, manuscrito en urgencias de imprenta, el que da título a esta nota.

No sé si nace o se apaga una estrella cuando muere un poeta, pero seguro estoy que el firmamento no ha de permanecer inalterado.

Había nacido en los años del trueno. Se llamaba Joaquín. Y era mi hermano.

lunes 5 de diciembre de 2011

Invisibles



Decían los clásicos que si el hombre tuviera la opción de volverse invisible con tan solo ponerse un anillo mágico, no habría persona honrada, pues se cometerían todo tipo de injusticias, amparadas en la impunidad que la invisibilidad proporcionaba.

Por eso, entre otras cosas, añadían, se inventaron las religiones, porque ponían a cada uno bajo la supervisión de quien no podía ser engañado.

Estas afirmaciones suponen dos cosas:

- La primera es que a las personas parece atribuírseles una tendencia natural hacia el mal. Claro está, si éste produce algún provecho propio.

- La segunda, el temor que supone someter nuestros actos, e intenciones, con todo detalle al escrutinio de terceros, ya sean mortales o divinos, pues tenemos un terror tremendo a la censura del otro.

Todos reflejamos tantas imágenes distintas de nosotros mismos como observadores tenemos. Todos nos esforzamos por crear una imagen propia que, evidentemente, hemos considerado la más adecuada, no solo para nuestros intereses, sino que entendemos es la que mejor será valorada por la sociedad.

A la vista de los resultados, está claro que entre el diseño mental y la puesta en práctica debe de existir algún fallo o discordancia, pues ni siquiera los que gozan de un departamento de comunicación e imagen consiguen proyectar, no ya de manera unánime sino simplemente mayoritaria, aquello que persiguen.

En la gestión de nuestras empresas nos encontramos, diariamente, con cientos de decisiones que tomar, que hacemos de forma instintiva siguiendo un patrón de comportamiento muy interiorizado. Y probablemente hoy, cuando acaba un año horrible que anuncia el nacimiento de otro de similares características, sigamos tomando decisiones de forma parecida a como lo hemos hecho siempre.

Pero todo ha cambiado. Si lo que estamos viviendo no es una crisis sino el establecimiento de una nueva situación, deberíamos adaptar a ésta nuestro esquema mental, reorientar los objetivos y aplicar procedimientos diferentes a los habituales, pues parece que ha quedado claro que la sola búsqueda del beneficio no garantiza la sostenibilidad, y que una situación como la actual requiere una mayor sensibilidad social.

Y para ello se me ocurre que nos planteemos, como un punto de partida, las siguientes preguntas:

¿Cómo quiero pasar a la historia, no la Historia con mayúsculas, que no me corresponde, sino a la íntima, a la de mi círculo profesional y personal más cercano?

¿Cómo quiero ser recordado por mis amigos y colaboradores?

¿De verdad, puedo someter mis intenciones últimas al escrutinio público, sin sentir ninguna especie de reparo?

Si contestamos a estas preguntas y renunciamos al anillo de invisibilidad con el que constante e ineficazmente pretendemos protegernos, tal vez logremos dotar de un enfoque más justo a nuestra actuación profesional y personal.

Y aunque no es la solución de nuestros problemas, no es un mal principio.